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2010

Feliz Navidad! Que el 2010 nos una con las personas, los lugares y las situaciones adecuadas para nuestras vidas. Que seamos reales y verdaeros, dejemos atrás miedos y pongamos el corazón en todo lo que hagamos. Que traiga mucho trabajo del que nos hace felices y que sirva a todos. Que podamos permancer unidos y a ritmo con nuestro compañero o tenerle la dicha de encontrarlo y que nos levantemos unidos, hagamos sentir nuestra presencia y hagamos vibrar políticas de vida, solidaridad y esperanza en nuestra tierra.

Con el cariño de siempre, Dora

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Pan de chocolate

– Los carros se devuelven por la lateral. Esto sólo pudo haber sido un accidente. Un accidente de los de muertos- dijo Juancho mientras el corazón le caía al estómago.

– O el arreglo del puente, una mercancía desparramada sobre la carretera, un suicida, una visita oficial; o un aterrizaje de OVNI o de avión como el del Río Hudson- replicó Isabel en un tono de broma que contuvo la marea negra que crecía dentro de Juancho.

Se conocieron en setiembre de 1999; en una tarde en la que brillaba un sol que no calentaba y se sentían brisas de cambio. Los dos fueron por “pain de chocolat” a la Pastelería de Nicolás.

Estaban esperando su turno, cuando el francés salió a disculparse por el atraso que habría debido a la reparación de uno de los hornos; Isabel y Juancho preguntaron al unísono “¿cuánto tardará?” y curiosos se buscaron, se encontraron, se rieron y bajaron la cabeza tan sincronizados como un micromovimiento de ballet acuático.

– Mucha golosinería la nuestra- sonrió Juancho.

Decididos a no renunciar al pan ni a un café ni a años de compañía, buscaron una mesa. El segundo café vino acompañado por el pan del deseo. Sonaba Vivaldi. Isabel pidió al mesero bajar el volumen.

Encontró los ojos de Juancho y en voz bajita, como ateo en confesionario, dijo -Me cuesta la música-

– ¿Te cuesta la música? ¿Te cuesta toda la música?

Isabel afirmó -Me cuesta. Puedo disfrutarla por un ratito: luego, me sobrepasa y prefiero el silencio-. Vió los ojos negros de Juancho convertirse en lagos para ella. -A mi también me cuesta- dijo él. Se pronunció el “Santo y Seña”, el “Ábrete Sésamo.

La presa abarcaba unos cuatrocientos metros, talvez un poco más; pero por lo empinado del terreno, de lejos, podía verse la brutal interrupción de la normalidad. Juancho tenía razón. Era un accidente de los de muertos.

Con la mirada en la cuesta Isabel le oyó decir:
-¿Cuántos habrían soltado su último aliento al mismo tiempo, con igual sosiego y ritmo?

Advirtió que Juancho empezaba a hundirse en recuerdos y con la determinación de una loba etérea, se lanzó a contenerlo.

– ¿Hablás de muertos partiendo en el mismo turno? dijo irreverente y divertida.

La marea bajó. Juancho rió. Ella era el único espejo capaz de reflejar su dolor sin distorsionarlo, la que con pequeños golpes de pluma lo movía a otro lugar, lo sacaba a respirar. Tenía Isabel la facilidad de hacer preparados de reflexiones y ocurrencias que eran pócimas para el dolor . Era su forma de relativizar, de no perder conciencia de la transitoriedadd de las emociones.

– A la cena no llegamos -dijo Juancho con más alivio que resignación- pero la cena nos da un poco igual, ¿no? El verdadero problema son mis retorcijones de estómago que empeoran” rio.

– Hacéte acompañar de todas las personas a quienes se les está enroscando el intestino al mismo tiempo, con idéntica frecuencia y duración de retorcijón que vos. Negritos africanos namibios o burkinos fasos defecando al unísono con ejecutivos de los distritos financieros de Nueva York, Tokyo y Londres, dijo divertida Isabel

– ¿Y Osama y Bush? Habrán sincronizado mucha cagadera juntos – rió Juancho- Isa, por este rumbo vamos camino a imaginar multitudes cagándose en el mundo a todo ritmo y a toda hora- .

Por dentro Juancho pintó una carcajada de muchos colores que en su rostro apenas se trazó. Se concentró en abrazar a Isabel. Si se expandía lo suficiente la abarcaba.

Los años después del pan de chocolate habían dado para mucho. Juancho en el extranjero. Isabel casada. Juancho casado. Isabel mamá, Isabel de agricultora. Isabel divorciada, Juancho de arquitecto. Isabel diseñadora de jardines, Isabel mamá. Juancho arquitecto con Premio Nacional, Isabel dueña de un café, Isabel mamá.

Ambos generaron acontecimientos que unos tras otros los acercaban y alejaban al antojo de la música que les costaba. Hacía apenas pocos años que comprendieron que para ellos, aún los ríos más arremolinados, se devuelven. Juancho se divorció y volvieron a la tarde del pan con chocolate.

El sentido contrario de la pista quedó habilitado para el paso de ambulancias y tres pasaron al lado con galillo de sirenas. Exaltado, Juancho bajó del carro y caminó hacia el lugar de los muertos. En un momento no pudo avanzar más. Quedó pegado en el asfalto que parecía haberse derretido, fundiéndose con las suelas de los zapatos.

Regresó trémulo y pálido -Isa, son varios. Hay tres sábanas blancas manchadas con sangre y en el asfalto charcos morados brillantes ” dijo asomado por la ventana del carro.

-No puede verse morado, Juancho. Negro con rojo da violeta. Vení. No veás más ese accidente. Ya pasó.”

El lago de sus ojos se desbordó.
-De reencuentros Isabel, hablemos de reencuentros. Una vuelta de la escuela, un regalo del destino, un regreso de la guerra, un retorno de prisión, un reencuentro con el padre, una muerte burlada-.

Derrotado por lo imposible, caminó hacia el carro de adelante a preguntar la hora. Nunca usaron reloj. Isabel decía que todo es más puntual sin reloj. Un señor con arrugas de bulldog y carro por valor de dos casas, le devolvió el tiempo; el que ella había sostenido en sus manos para que para que no se hundiera.

Regresó al carro con el cuerpo helado y el corazón cálido. No estaba Isabel. La recordó cubierta con sábanas blancas sobre el asfalto violeta brillante, un atardecer como ese, en la misma autopista, meses atrás.

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Almorzando juntas

Almorzamos juntas en uno de nuestros restaurantes favoritos. Una casa de los años veinte, restaurada con tan buen gusto, que dejó intacto el airecillo de decadencia de la residencia original del que se contagian los peces políticos gordos. Es ahí, en la parte remodelada para hotel, donde se echan los polvos extraoficiales.

No siempre voy a esos almuerzos. Me regañan por ser una rogada, una quitada y una incumplida. Al final me aguantan. Veinticinco años de amistad dan para mucho. Es cierto, a veces me ruegan y me mantengo terca, otras me quito con un pretexto en el mismitito momento en que me dicen y otras digo que voy, voy, y no voy.

La verdad es que no siempre puedo soportar a todas juntas. A veces me come la mezquindad.

Las clases de tennis de un hijo mayor, las de jazz de una hija menor, las de ballet, de piano y de karate, la cancha nueva del cole, el ala nueva del cole, la vida privada de la maestra, separaron de clase a las dos amiguitas que venían juntas desde prekinder, los cuentos del gym, el repasito obligado a las mamás insoportables de los coles, el empeño por sacar nuevas relaciones comunes. La fulanita es cuñada de un hermano de sutano y la hija es compañera del cole del mío. Los cuentos de separaciones, divorcios y enfermedades de los vecinos y conocidos.

Cuatro ensaladas y una orden de ravioli con salsa de quesos. Una de estas cosas no es como las otras…

– Quién es ese que acaba de entrar?
– El ex marido de la sutana
– Ese es un saguate hijueputa
– Si, es un imbécil… y ella tan buena

Ni idea del marido ni de la sutana. Tres pares de buenas tetas postizas, uno de buen tamaño natural, y otra que no se las toca de miedo a concentrar en el plástico la autoestima, y de que no queden bien al tacto.

La empleada buenísima que les hace sopitas todas las noches. La malísima que se metió con el jardinero del vecino, la que se fue a Estados Unidos, la que no limpia bien, la que a cada rato tiene que ir a Nicaragua y así no sirve. El horror de ser la mayor de las mamás de la hija menor.

Pidan el postre de chocolate que es el que no me gusta. Cuatro tés y un expresso doble cortado.

Por dónde andarán? Cómo están?

Las quiero y las extraño.

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Arte Goldoni

A Fernando lo conocí en el cole. Era un año mayor. Tierno, amable, suavecito. Hace poco pude ver algunas de sus obras y con el privilegio que da intuir las energías creadoras de un amigo quedé felizs728281281_2607455_7746

Fernando Goldoni

Fernando Goldoni

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Príncipe azul

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Apertura

Si abro hoy es gracias a jóvenes twitteros. Ven los blogs con tal naturalidad que preguntan cual es el mío. 140 caracters no dan para explicarles que antes no teníamos forma de hablar al mundo y que no tengo esa práctica y que me cohibe la posibilidad pero  si dieron para preguntar dónde abro uno  y que llovieran respuestas.

Así que esta primera entrada se las dedico a ellos  que están en toas

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