Pan de chocolate

– Los carros se devuelven por la lateral. Esto sólo pudo haber sido un accidente. Un accidente de los de muertos- dijo Juancho mientras el corazón le caía al estómago.

– O el arreglo del puente, una mercancía desparramada sobre la carretera, un suicida, una visita oficial; o un aterrizaje de OVNI o de avión como el del Río Hudson- replicó Isabel en un tono de broma que contuvo la marea negra que crecía dentro de Juancho.

Se conocieron en setiembre de 1999; en una tarde en la que brillaba un sol que no calentaba y se sentían brisas de cambio. Los dos fueron por “pain de chocolat” a la Pastelería de Nicolás.

Estaban esperando su turno, cuando el francés salió a disculparse por el atraso que habría debido a la reparación de uno de los hornos; Isabel y Juancho preguntaron al unísono “¿cuánto tardará?” y curiosos se buscaron, se encontraron, se rieron y bajaron la cabeza tan sincronizados como un micromovimiento de ballet acuático.

– Mucha golosinería la nuestra- sonrió Juancho.

Decididos a no renunciar al pan ni a un café ni a años de compañía, buscaron una mesa. El segundo café vino acompañado por el pan del deseo. Sonaba Vivaldi. Isabel pidió al mesero bajar el volumen.

Encontró los ojos de Juancho y en voz bajita, como ateo en confesionario, dijo -Me cuesta la música-

– ¿Te cuesta la música? ¿Te cuesta toda la música?

Isabel afirmó -Me cuesta. Puedo disfrutarla por un ratito: luego, me sobrepasa y prefiero el silencio-. Vió los ojos negros de Juancho convertirse en lagos para ella. -A mi también me cuesta- dijo él. Se pronunció el “Santo y Seña”, el “Ábrete Sésamo.

La presa abarcaba unos cuatrocientos metros, talvez un poco más; pero por lo empinado del terreno, de lejos, podía verse la brutal interrupción de la normalidad. Juancho tenía razón. Era un accidente de los de muertos.

Con la mirada en la cuesta Isabel le oyó decir:
-¿Cuántos habrían soltado su último aliento al mismo tiempo, con igual sosiego y ritmo?

Advirtió que Juancho empezaba a hundirse en recuerdos y con la determinación de una loba etérea, se lanzó a contenerlo.

– ¿Hablás de muertos partiendo en el mismo turno? dijo irreverente y divertida.

La marea bajó. Juancho rió. Ella era el único espejo capaz de reflejar su dolor sin distorsionarlo, la que con pequeños golpes de pluma lo movía a otro lugar, lo sacaba a respirar. Tenía Isabel la facilidad de hacer preparados de reflexiones y ocurrencias que eran pócimas para el dolor . Era su forma de relativizar, de no perder conciencia de la transitoriedadd de las emociones.

– A la cena no llegamos -dijo Juancho con más alivio que resignación- pero la cena nos da un poco igual, ¿no? El verdadero problema son mis retorcijones de estómago que empeoran” rio.

– Hacéte acompañar de todas las personas a quienes se les está enroscando el intestino al mismo tiempo, con idéntica frecuencia y duración de retorcijón que vos. Negritos africanos namibios o burkinos fasos defecando al unísono con ejecutivos de los distritos financieros de Nueva York, Tokyo y Londres, dijo divertida Isabel

– ¿Y Osama y Bush? Habrán sincronizado mucha cagadera juntos – rió Juancho- Isa, por este rumbo vamos camino a imaginar multitudes cagándose en el mundo a todo ritmo y a toda hora- .

Por dentro Juancho pintó una carcajada de muchos colores que en su rostro apenas se trazó. Se concentró en abrazar a Isabel. Si se expandía lo suficiente la abarcaba.

Los años después del pan de chocolate habían dado para mucho. Juancho en el extranjero. Isabel casada. Juancho casado. Isabel mamá, Isabel de agricultora. Isabel divorciada, Juancho de arquitecto. Isabel diseñadora de jardines, Isabel mamá. Juancho arquitecto con Premio Nacional, Isabel dueña de un café, Isabel mamá.

Ambos generaron acontecimientos que unos tras otros los acercaban y alejaban al antojo de la música que les costaba. Hacía apenas pocos años que comprendieron que para ellos, aún los ríos más arremolinados, se devuelven. Juancho se divorció y volvieron a la tarde del pan con chocolate.

El sentido contrario de la pista quedó habilitado para el paso de ambulancias y tres pasaron al lado con galillo de sirenas. Exaltado, Juancho bajó del carro y caminó hacia el lugar de los muertos. En un momento no pudo avanzar más. Quedó pegado en el asfalto que parecía haberse derretido, fundiéndose con las suelas de los zapatos.

Regresó trémulo y pálido -Isa, son varios. Hay tres sábanas blancas manchadas con sangre y en el asfalto charcos morados brillantes ” dijo asomado por la ventana del carro.

-No puede verse morado, Juancho. Negro con rojo da violeta. Vení. No veás más ese accidente. Ya pasó.”

El lago de sus ojos se desbordó.
-De reencuentros Isabel, hablemos de reencuentros. Una vuelta de la escuela, un regalo del destino, un regreso de la guerra, un retorno de prisión, un reencuentro con el padre, una muerte burlada-.

Derrotado por lo imposible, caminó hacia el carro de adelante a preguntar la hora. Nunca usaron reloj. Isabel decía que todo es más puntual sin reloj. Un señor con arrugas de bulldog y carro por valor de dos casas, le devolvió el tiempo; el que ella había sostenido en sus manos para que para que no se hundiera.

Regresó al carro con el cuerpo helado y el corazón cálido. No estaba Isabel. La recordó cubierta con sábanas blancas sobre el asfalto violeta brillante, un atardecer como ese, en la misma autopista, meses atrás.

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5 comentarios

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5 Respuestas a “Pan de chocolate

  1. arabella

    Gracias, Dora, por este doloroso regalo. Me encantó!
    Otro abrazo
    Arabella

  2. MARIA

    Me encantó, es como si me hicieses viajar hasta esa situación que narras, la puedo ver!!!!

  3. Fiko

    Me gustó mucho el título, y algunas de tus ocurrencias…son geniales! Si me permitís una críticia constructiva, sentí que le falta amarre a las ideas y acomodar mejor los tiempos verbales 🙂 Pero por favor seguí adelante, es un genial primer intento!

  4. Ninfa

    Muy buena pasta de writer, pero a la historia le falta hilo conductor. Releer muchas veces antes de publicar, para detectar esas fallas, es indispensable. Pero repito, ¡tienes pasta! Así que adelante.

  5. Abril G.

    ¡Qué bien, Dora! No sabía que escribís. Hay frases buenísimas, figuras encantadoras y mucha originalidad. Te felicito conel cariño de siempre.
    Abril.

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