“Hace ocho días de mi encuentro”. dijo Laura, mientras buscaba anclar sus piernas en las de Mariano y acurrucaba a Mariana a su costado. Por segundos fue como si hubiéramos quedado fuera de tiempo y lugar.
“¿Cómo cuándo nos conocimos?” preguntó Mariano provocadoramente divertido.
“Cuando nos conocimos, ardimos en lujuria carnal. Esto sólo fue lujuria”, rió Laura, subiéndose a la ola impulsada por Mariano.
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Hacía una semana Laura salió apresurada de su oficina y, arañando las reservas de sus baterías de funcionamiento, recorrió los pasillos del supermercado para la compra semanal y de los traguitos que, como casi todos los viernes, hacía en su casa. Por acuerdo con Mariano, habían escogido morir el viernes, para nacer el sábado, redimidos de obligaciones de sobrevivencia de la especie -relaciones públicas incluidas-, que les devoraba a mordiscos durante la semana.
Conocía los pasillos del supermercado como la alacena de su cocina y los recorría a velocidad sostenida, con la misma eficiencia japonesa que recorría sus días. Por momentos, los productos parecían saltar al coche de la compra con vida propia, mientras ella hablaba por el celular con Mariano, y al mismo tiempo, en semipresencia, con el carnicero.
A Mariano dijo: “Paso a poner gas y llego a la casa. ¿Empiyamaste a los enanos? ¿Cuántas botellas compro? En el fregadero dejé las alitas de pollo descongelándose, andá preparándolas”.
Al carnicero: “Un kilo de mano de piedra, otro de lomito y cinco filetes de corvina. ¿Está fresca?”.
A Mariano de nuevo: “¿No les dijiste? Llamálos ya. Dáles cualquier pretexto. El contrato de Metaflor pasa por Joaquín y de una vez Carmen se entretiene conversando con Kiki que sino se vuelve insoportable”.
Al carnicero: “Señor ponga además medio kilo de jamón de pavo, en rebanadas gruesitas”.
A Mariano: “Ve que Mariana no vea más tele y Alito sólo media hora más de Nintendo. ¿Qué más necesitás?”.
Al carnicero: “Gracias”.
A Mariano: Dejálos que no hagan la tarea hoy. Estos maestros son una lacra, por ahí empieza la peste. Fijáte cuánto hay de ginebra, Agustín sólo toma ginebra. No, no me olvido de los cigarros” dijo finalmente entre verduras y frutas.
Estaba agotada y lo sabía. Empezaba las semanas cansada de ella y terminaba cansada de los demás. Se sentía exhausta de contener una fuerza centrífuga que se empeñaba en arrojarla lejos.
Mientras esperaba, en la pausa obligada de la fila de las cajas, tuvo un déjà vu anticipado de la fiesta que le esperaba por la noche.
Sabía a quien acercarse, cómo, cuándo, a través de qué tema, y en qué nivel etílico, con el propósito de tejer objetivos de trabajo. A María, se le acercaría prudentemente; preguntaría cómo se sentía con el asunto de su divorcio, para terminar hablando de la posibilidad de que Mariano y ella, pudieran readquirir las acciones que se disputaban los recién separados. José era un coqueto de mierda y ella se convertía en otra cuando hablaban de la cuentota de la cadena de hoteles y a Rodrigo, verdaderamente importante, lo abordaría Mariano. Fueron compañeros del colegio y room mates mientras estudiaban en Boston; los unía una amistad que, sin dejar de ser verdadera, por momentos alcanzaba una distorsión amorfa en medio de negociaciones, algún recuerdo de juventud y los momentos prefabricados para crear acercamientos comerciales.
Todos eran compañeros de vida más o menos llevaderos. No eran ellos la razón de su desasosiego, sino la conciencia perturbadora, de que su actividad era de pura compulsión que gritaba “deslibertad’‘” De que, como en tornado, partes de ella volaban en fragmentos que no podría unir; y que, Mariano, ella y sus hijos, se acercaban a un punto de no retorno de no sabía donde.
Del déjà vu volvió furiosa, pagó con un garabato en el papel que le extendieron y, cuando la furio se volvía tristeza, fue interceptada, a sólo unos metros de la salida, por una grabadora telefónica con una sonrisa Colgate y tono amable que se acercó por su lado derecho
“Es un regalo de promoción de la nueva presentación que combina menta y sábila para una limpieza profunda y aliento fresco”, dijo.
La promotora de pastas de dientes, dijo un par de frases más en el momento preciso, en el lugar adecuado y con la sonrisa perfecta que necesitaba Laura para mandarla a la mierda.
“Ese cepillo de dientes es exceso de inventario de los de peor calidadt, la pasta en tamaño mediano, disimula el contenido mísero de tirada especial para regalo promocional. Y, trate Usted de convencerme de lo contrario, pero yo lo que menos necesito es aliento fresco, ni agradecer sus promociones que ya he pagado”
Desdoblada como estaba calló, y con gesto servil abrió el bolso, guardó la pasta de menta y sábila para una limpieza profunda y aliento fresco y aún le alcanzó el talante para abrir la boca y botar un “gracias” a la muchacha con faldita roja, blusa blanca, rostro fresco y delgadita.
En la gasolinera, se sintió globo lleno de arena que desparrama su contenido en el piso sin forma ni belleza. Rodeada de su propia neblina, lo vio acercarse traspasando paredes, materializado de la nada y sintiéndose más real que todose dirigía a ella.
Un hombre ni jóven ni viejo, ni sucio ni limpio, ni alto ni bajo, sin cara porque no la recuerda, con ojos felinos de color de río limpio que corre, abrazados por unas cejas gruesas y despeinadas, caminó hasta su ventana. Con voz manchada de necesidad, dijo a Laura
“Señora, ayúeme, no ve Usted que vengo saliendo y no tengo ni para pasta ni para cepillo de dientes”
El toque de un león la empujó a una realidad que hacía tiempo deshabitaba. Se ancló en los ojos felinos que corrían al mar. Sintió activarse su tacto y sentir la textura del estuche de cepillo y pasta de dientes en sus manos. Lo tomó con suavidad y los extendió al hombre quien, comprendiendo que ambos se habían colado por una rendija extraña, se volvió lento de movimientos.
Entre hilos invisibles tejidos por una inmensa araña primigenia, se fundieron sonrisas de dientes amarillos y blancos y alientos reales. Ambos globos se vaciaron de arena y se sintieron volar juguetones, livianos en una danza despreocupada.
Laura lo vio alejarse por el espejo retrovisor, traspasando de vuelta muros de realidades que, por unos momentos, se habían rendido ante ellos como un real regalo promocional.
Regresó a casa buscando el abrazo de Mariano, “Negro, tenemos que pellizcarnos. Todo está al revés. Como Amor y Roma. Como Adan y Nada”.


